sábado, 9 de enero de 2010

Capitulo XVI-. El sueño de polvo de té.

Hoy tuve un lindo y horriblemente agobiante sueño. Y mientras vivía en este, todo el rato a mi mente venía un recuerdo de aquella historia tan conocida cuyo nombre no recordaré.


[…]

Al perder al hombre de la perilla en aquella multitud que entró en el ascensor del primer piso comencé a sentir un poco de desasosiego. La sala había quedado prácticamente vacía, o al menos eso pensaba hasta que pude ver a mi lado una especie de maquina recolectora de toallas limpias, la cual me recordaba mucho a un perro, un perro muy grande! Un dogo quizá. Pero eso no tiene importancia.
Al parecer ese “perro metálico” que guardaba toallas limpias en sus estanterías de los laterales había perdido a la misma persona que yo en esos segundos de masa humana. Decidí ayudarle a encontrarlo. Apreté el botón de llamada de el ascensor de al lado, y en unos segundos más, este bajó. Los dos subimos, en silencio. A diferencia del anterior ascensor, este estaba vacío. Las puertas ya se habían cerrado y estábamos ascendiendo. Con disimulo me quedé mirando ese cable que simulaba una cola y se movía de un lado a otro. ¿Podía estar contenta esa maquina? Me pregunté. No le di mas importancia ya que el ascensor se paró en un piso (el cual antes no había indicado).

Se abrieron las puertas y aparecimos en otro recibidor, pero este era el de una casa, habíamos aparecido directamente dentro de una casa.
El lugar era bastante pequeño, y con una sobrecarga de muebles, jarrones, alfombras y todo tipo de papeles en las paredes con estampados de flores. Di un pasito y salí del ascensor. El perro me siguió, colocándose justamente a mi lado. Sin darme cuenta, el elevador desapareció a mis espaldas.
Se respiraba una sensación de inquietud en ese piso. Avancé otro pasito más, y pude vislumbrar al hombre de la perilla a trabes de una puerta medio abierta, llena de mucha gente. Al par de segundos él me vio, su rostro mostraba una expresión incomoda y nerviosa. La gente de su alrededor se percató de su mirada y rápidamente sus miradas se clavaron en mi. Fue cuestión de un abrir y cerrar de ojos, que la puerta se cerró, y a continuación salió del pasadizo un hombre alto, bien galán, que sostenía un pañuelo en su brazo y se plantó delante de mí, de forma que ya no pudiera ni ver la puerta.
- En que podría ayudarla señorita?- se dispuso a decir rápidamente antes de que pudiera inclinarme para seguir mirando la puerta. Su expresión también parecía incomoda, como si tuviera prisa por que me fuera de ese lugar.
- Bueno, en realidad… yo solo le estaba acompañando- dije, señalando al perro metálico, que seguía moviendo el rabito.- Parecía perdido y…
- Muy bien!- Exclamó sin dejarme acabar la frase, e hizo pasar al perro hacia la dirección de la puerta. – Gracias por su ayuda, ya puede marcharse.

Se giró dándome la espalda y acompañando al perro a la habitación.
Pude ver un gran jaleo a través de la pequeña ranura que se abrió en la puerta. Quise hacer algo. Pero no pude, o simplemente no me atreví.
El hombre de traje volvió a salir, insistiendo que me marchara. Pero el ascensor había desaparecido, y no sabía como volver.

- Claro niña, ese ascensor solo sube. Nunca baja- Me dijo, con un tono totalmente distinto al de antes, sonó muy arrogante. Y su rostro ahora era más seguro, e incluso diría que tenía un toque siniestro.
- Entonces, por donde salgo de este lugar?
Me señaló con el brazo una especie de jarrón tetera de gran tamaño, decorado con flores (cómo no). Y En sus bajos tenia una pequeña obertura con forma de puertita. Giré la cabeza y le miré intranquilamente – ¡Pero si es imposible que pueda caber por ese lugar!. No se por qué la situación comenzaba a ser más escalofriante. De la habitación se iban escuchando algunos gemidos, y el hombre de traje cada vez mostraba una cara más tenebrosa.
Volvió a señalar con el brazo, pero esta vez a la mesita de ruedas que había justo enfrente, toda llena de tazas de te, tetera y demás. – ¿Té?- pregunté sin comprender nada. Asintió con la cabeza, agarró uno de los recipientes de sobre la mesa y con una cucharita se dispuso a tirarme unas cucharillas del contenido.


- Polvo de té, querida.- Fue lo ultimo que me dijo, con una macabra sonrisa pintada en su rostro. Y alzando las manos comenzó a volcar la cucharilla sobre mío.
Mi cuerpo no respondía por el pánico que sentía en esos momentos. Intenté taparme lo máximo posible pero de poco sirvió. Instantes después, abrí los ojos y no había nadie a mi alrededor. Parecía que la sala se hubiera agrandado una barbaridad. Mire detrás de mí y me sorprendió que la ridícula obertura de la taza tetera de hace un rato se había hecho de un tamaño suficiente como para que pudiera pasar. Decidí dirigirme hacia allí. No me giré más y me limité a entrar. Era como un montacargas, y este comenzó a descender.
Iba bajando y veía pasar de largo las vigas que lo formaban. Mi cuerpo estaba ligeramente dolorido y en mi mente solo existía la preocupación por el hombre de la perilla.
Llegué al primer piso otra vez, pero todo era gigante. Caminé y caminé para llegar a la salida. Aún así estaba dispuesta a ir en busca de una solución. Atravesé el gran portal y los rallos de luz me cegaron. Seguí unos pasos más y entonces me detuve, comencé a escuchar unos lamentos. Miré hacia arriba, y me pareció ver alguien desbordado en una ventana, regando a lágrimas todo el subsuelo. Intenté visualizar quien era esa persona, y no se por qué sentía por dentro que ese era él. Quise gritarle algo, pero comenzaron a caer sus lágrimas, que más bien eran cubos de agua, y yo una diminuta flor mustia sin solución alguna.
Me comencé a ahogar en su tristeza, y antes de que todo acabara, me comenzó a picar la nariz por culpa de ese dichoso polvo de té. Un estornudo estaba subiendo a gran velocidad..
Achis!

Y desperté.

Hay veces que tenemos que cambiar para poder abrir algunas puertas, o simplemente entrar por ellas. Pero cambiar a la fuerza nunca es la solución mas correcta.

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